El Ring de la Memoria
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Todo empezó con el cinturón de plástico. Tenía siete u ocho años cuando me regalaron el cinturón de Martin Karadagian. Sin embargo mi verdadero gusto por la lucha ocurrió en el universo de Lucha Fuerte.
Recuerdo aún el programa de televisión, la textura de los muñequitos, el olor de las figuritas y esos nombres que resonaban en mi habitación : Enrique Orchessi, Kruel, Ron Morgan o Joe el Gurka. De la mano del Ancho Peucelle, aprendimos que la justicia se dirimía entre cuerdas y que el dolor podía ser parte de una coreografía sagrada.
Con los años mi atención cambió. El fervor de 100% Lucha me encontró lejos quizás en otra etapa de la vida pero el cine me devolvió la mística desde un ángulo nuevo. Pasé de la risa de Nacho Libre a la herida abierta de El Luchador. Esa película de Mickey Rourke !! la que habita detrás de la máscara, la soledad, el cuerpo que cruje y esa necesidad desesperada de ser amado por la multitud, aunque sea por última vez.
Hoy contemplo esta máscara mexicana, un regalo que cruzó fronteras, y termino de entender su magnetismo. Hay algo profundamente honesto en lo vintage, en esas arenas populares donde la fantasía no pide permiso para existir. Uno se sienta toma algo grita o protesta entregándose a ese rito donde el bien y el mal se abrazan sobre la lona.
La lucha es ese refugio donde la ilusión se vuelve carne. Es una burbuja de tiempo donde la potencia del espectáculo nos permite por unas horas habitar una épica teatral y fantástica. Allí, entre personajes buenos y malos que batallan sobre la lona, nos damos permiso para entusiasmarnos o desilusionarnos, entregándonos a un show físico que nos regala un mensaje o simplemente la alegría de un rito compartido
Pero este análisis quizás vive solo en mí. No pretende nada, no busca nada. Porque al final del día lo único cierto es mi memoria, la memoria del ring.